A los alumnos y alumnas del
Comercial Nº 4 de San Telmo
de quienes tanto aprendí.

Pertenece a la serie “Relatos Educativos” inspirados en situaciones y problemáticas transcurridas en el ámbito escolar.

Federico Cuellar ingresó al comercial en el noventa y seis. Había hecho primer año por segunda vez y ahora pasaba a segundo llevándose apenas una sola materia, matemáticas, por supuesto, para rendir en diciembre si dios y los santos evangelios se lo permitían. El primer día de clase y durante el recreo más largo, hizo una recorrida general tanteando la distribución de las aulas, el ancho del patio, la ubicación del kiosco y la preceptoría para terminar anclado en la biblioteca donde halló la sección deportiva del diario.
-¿Puedo? –me preguntó mientras estiraba el brazo sin esperar contestación. Apenas con una sonrisa le indiqué que lo tomara. Lo hojeó rápidamente, como quien mira sin ver, como quien espera un milagro.
Allí me enteré que había repetido primer año en otra escuela, que tenía dos hermanos, uno más grande que trabajaba en una obra en construcción y otro que iba a quinto grado en la escuela de la villa. Su madre era empleada doméstica, poco la veía durante el día, porque a la mañana trabajaba en un taller de confección de remeras, en el barrio del Once. Después se venia directo a la escuela, a veces con un pedazo de pan en el bolsillo y esperaba con ansias la bolsa de la merienda que engullía de un tirón en el primer recreo mientras recorría la escuela de punta a punta con los amigotes de tercero que iban huyendo de las chicas, festejando bromas y repitiendo groserías.
Los pasillos reflejaban el aire de afuera, con todos sus filos, imperfecciones e injusticias. Uno podía pararse a contemplar el recreo y tendría allí un panorama acertado, casi trasparente, de lo que acontecía más allá de esas galerías heladas donde el invierno, que suele ser más largo que el verano, se cuela por las puertas sin cerraduras y ventanas sin vidrios.
Se podía ver de todo. Un alumno metiendo la mano por debajo de un guardapolvo con tablitas, una pareja entreverando sus lenguas detrás de los armarios, delantales cortos y estrechos simulando casacas de moda, partidas de truco junto al mástil de la bandera, otros se escabullían en los baños llevando y trayendo paquetitos que dejaban en los bordes imperceptibles de los respiraderos, la cumbia caliente y desprejuiciada brotaba de las aulas donde las chicas bailaban contorneándose como víboras sedientas.
A pesar del hambre, del frío, del taller de remeras en el Once, Federico logró llegar a cuarto manteniendo la cordura, aparentemente convencido que terminar el secundario era un destino impostergable, una meta que, sin duda, le permitía soñar con un cambio hacia delante, con un antes y un después.
Desde tercer año y por votación popular, desempeñaba el rol de delegado del curso y por ende era el encargado de llevar los libros al curso para luego devolverlos sanos y salvos a la biblioteca. Casi siempre venía en compañía de Ariel, su amigo inseparable, vago de siete suelas, bonachón por donde se lo mirara, aprovechaba la ocasión para zafar de las clases y como el lobo de Caperucita tomar un atajo para distraer la monotonía de la tarde. Ambos se complementaban, se entendían por señas, guiños, a veces con silencios, una tos repentina, una mirada que traslucía picardía y que luego, con el correr de los años se fue transformando en ironía, una mirada que ya no era la de un joven ni la de un chico, sino la de un hombre con impredecibles intenciones.
Federico se había convertido en uno de mis insustituibles colaboradores, aún teniendo en cuenta que la biblioteca era el último orejón del tarro, sin embargo cuando me ausentaba o por algún motivo debía permanecer cerrada, el caos se apoderaba de todo lo existente, se convertía de pronto en el pulmón de la escuela. Sin él y su diligente capacidad de convocatoria más de una vez me hubiera quedado varada a mitad de camino en medio de innumerables requerimientos y demandas que nunca nadie alcanzó a percibir. Me ayudaba en los momentos críticos cuando la biblioteca se llenaba y no daba abasto para atender a la multitud que se apretujaba contra el escritorio. Los viernes eran un verdadero desquicio. Era el día de los préstamos domiciliarios, así que los más responsables y los que pensaban estudiar el fin de semana se llevaban libros de una o varias materias, había que anotarlos en un cuaderno, consignar el título, autor, número de inventario y finalmente firmar, tarea que a los alumnos les encantaba. Estampar su firma en aquel libro era lo máximo, era un instante de gloria, único e irrepetible.
Hasta el momento no había mencionado al padre pero un día que había faltado la de física y tenía dos módulos libres vino a interrumpir un momento de tranquilidad en que me disponía a completar el fichero.
-Capaz que esta tarde me voy a la casa de mi papá –me dijo largando su felicidad hacia adelante. Aparté el fichero y como quien no quiere la cosa saqué la cinta de papel y me puse arreglar unos libros.
-Qué bien -respondí algo desorientada.
-Lástima que vive un poco lejos –continuó- por Lomas, después de la estación tengo que tomar otro colectivo.
-¿Vas seguido? –dije tratando de encontrar un comentario aceptable que no interrumpiera el diálogo.
-Hace mucho que no voy, hace como seis meses que no lo veo.
Ese mismo año me enteré que Federico ya no vivía con su madre. Esta se había mudado junto a su hijo menor a la casilla de un paraguayo que trabajaba en la línea cincuenta y tres. Desde entonces la veía poco, casi nada. Era más el tiempo que pasaba en casa de Ariel, su amigo de todo el secundario o casi todo, desde segundo que estaban juntos y desde tercero que se sentaban en el mismo banco.
La escuela en verdad era una excusa para ambos, una excusa para seguir siendo chicos sin demasiadas responsabilidades. La escuela era ese lugar donde aún se podían depositar algunos sueños escondidos o inalcanzables, pasar las horas sin cuentas que rendir, tener una carpeta para trajinar al descuido, pero carpeta al fin, con apuntes tomados al azar, sin nada que quedara para el después, renglones vacíos, absurdos, inentendibles.
Con una alegría que a veces me sorprendía hacían su aparición buscando los libros que solicitaba la profesora. Se sabían de memoria la ubicación de los mismos, así que bastaba tan solo pasar la línea divisoria que formaban los mesones, desfigurados por las inscripciones que herían la madera y abordar el sector de los armarios donde ellos mismos seleccionaban lo que debían llevar. Depositaba en ellos toda mi confianza, prácticamente ni les anotaba los pedidos, sabía de antemano que cuidarían cada uno de los libros que llevaban y los devolverían intactos una vez finalizada la hora de clase. Estaban presentes cuando había que trasladar cajas o mobiliario, dispuestos al momento de ordenar y clasificar libros. -¿Tiene algo para hacer, profe? y con gusto me daban esa mano que nunca nadie ni siquiera pensó que podía necesitar.
Aquella amistad cómplice y desfachatada me hacía feliz, me daba cierta tranquilidad, ambos se sostenían mutuamente. Ariel era más seguro y desbocado, deambulaba por los pasillos, ciñendo la carpeta bajo el brazo y las manos en los bolsillos. Era amigo de todo el mundo, no por metido sino por bondadoso y Federico apoyaba en él sus recorridos alardeando con una libertad desmesurada sus idas y vueltas por las inhóspitas galerías. Caminaban con pasos cortos y ligeros, como si tuviesen mil cosas que hacer, siempre tenían algo que comentar, un motivo para reírse y de qué quejarse aunque el estudio era lo último que les importaba, sobre todo a Ariel que no se sacaba los walkman de encima, aún en las clases de física, el bullicio de la cumbia partía de sus auriculares hacia unos tres o cuatro metros a la redonda.
Al transitar cuarto, sus visitas a la biblioteca se hicieron cada vez más espaciadas. Algunas veces los veía pasar, de refilón, por la galería que separa el patio de las aulas, riendo en voz baja, murmurando quién sabe qué cosas, ocultándose detrás de las gruesas columnas o en el hueco de la escalera. Los sorprendía en actitudes desconocidas, como la de demorarse en el baño más de la cuenta o vagar por los pasillos lo que provocaba la sospecha de los preceptores que merodeaban el sector. Sin embargo, había algo por lo cual regresaba una y otra vez como en busca de sustento, como una forma de esperanza, de proyectar sueños hasta ahora permitidos: la Guía del Estudiante.
Durante quinto año su obsesión por la Guía se hizo incontenible. Contábamos entonces con un solo ejemplar, ni siquiera actualizado, donación de una profesora de contabilidad y guardado como un verdadero tesoro en el armario “A”, tercer estante. Nadie podía ni siquiera imaginar retirarlo de la biblioteca, ni que pensar llevarlo al curso donde podía extraviarse con facilidad y menos aún retirarlo de la escuela con peligro de no ser visto nunca más. Los alumnos se turnaban para consultarla, a veces se encimaban de a tres o cuatro en un banco y leían en voz alta las inquietudes de cada uno de los interesados.
Aprovechaba cada hueco disponible para consultar la guía que él mismo tomaba del armario y se zambullía en una búsqueda desalineada y veloz que parecía no terminar de conformarlo. Ariel, sin poder dominar la ansiedad y el aburrimiento que le causaba la espera, sabía respetar los sueños de Federico, sabía que el momento de hojear la Guía era sagrado para su amigo, era una ceremonia donde él no tenía cabida, uno de los pocos momentos donde ambos se bifurcaban sin mayores comentarios. Así, mientras Ariel aprovechaba para vagar cuanto pudiera Federico se tomaba un permiso para hilvanar alguna que otra esperanza y hacer planes: entrar al CBC, prepararse para matemática, tenía un primo que le podría dar una mano, tal vez llegaría a ser contador, abogado, Administrador de Empresa, Relaciones del Trabajo, esa estaba bastante buena, ¿no profe? y repasaba la lista de materias que incluía la cursada. Hasta que un día pasó lo que tenía que pasar, Federico me miró fijo y soltó la pregunta, ¿me puedo llevar la Guía del Estudiante a mi casa? Antes que le contestara agregó: el lunes se la traigo sin falta.

Durante el último año prácticamente los perdí de vista. Los de quinto no bajaban a buscar libros y ya no se interesaban por ser delegados de la biblioteca. Salvo una que otra vez se atrincheraban contra mi escritorio para ganar uno de los dos libros de geografía que quedaban para calcar un mapa o sacar información sobre el Mercosur. Una tarde los crucé en el descanso de la escalera, y casi sin detenerse me mostraron los distintivos y la remera con la inscripción “egresados 2002”. Me sentí más vieja, postergada, los últimos escalones los subí despacio, adivinando a mis espaldas el fulgor de sus risas, las voces inundando con estampidos de libertad el tiempo que les quedaba para ser chicos, estudiantes de escuela secundaria. Una o dos veces en el año vino Federico a buscar la Guía del Estudiante.
-¿La puedo llevar a mi casa?, el lunes se la traigo. ¿Me anoto yo? -me preguntó cuando ya tenía la birome en la mano. Ni siquiera contesté. Esperé el lunes, recreo tras recreo, el martes, el resto de la semana hasta que apareció después de quince días con signos de haber sido traqueteada.
-Qué tal, ¿te decidiste por algo?
-Y ahí ando, todavía no sé si abogacía o Administración de Empresas.
-Tenés tiempo para pensarlo.
-Tal vez el fin de semana me la llevo otra vez.

A fines de noviembre fue la entrega de diplomas. El hall de entrada contenía a los padres de los alumnos que iban llegando y subiendo lentamente la escalera hacia la galería superior donde se llevaría a cabo la ceremonia. La sillas estaban ubicadas a los costados dejando en el medio un pasillo por donde harían su entrada los futuros egresados. Bordeaba el mismo una hilera de guirnaldas de papel crepé hasta el fondo donde se levantaba la tarima con telón bordó y unas letras doradas con la misma inscripción de las remeras.
A un costado, los de cuarto manejan el equipo de sonido, prueban las voces, desechan los acoples. Los padres van ocupando las sillas, hay familias numerosas, abuelos, primos, hermanos, hijos. Un instante prolongado de emoción se extiende con la música y la fila de egresados hace su aparición mientras los aplausos irrumpen calurosos, lágrimas y llanto incontenible, aplausos, voces emocionadas que se aplacan paulatinamente a medida que los alumnos cubren la parte central del salón junto al escenario.
El padre de Ariel, saco marrón, camisa celeste sube al escenario y aunque su hijo debe varias materias le entrega el diploma en propias manos, lo abraza, por primera vez veo la cabeza de Ariel expectante, su gesto tambalearse, una sonrisa apenas dibujada, las manos firmes toman las de su padre mientras sus compañeros gritan Ariel, Ariel, Ariel. Después le toca el turno a Federico. El profesor de Contabilidad le entrega el diploma y ahora los aplausos son más fuertes y sostenidos. Federico dirige una mirada cómplice a sus compañeros y me animo a decir que me mira, que me ha descubierto al final del salón y me mira para decirme que va a venir a consultar la Guía del Estudiante y de la misma manera le respondo que venga cuando quiera, que no me molesta que me pidan los libros y menos si es una guía con las carreras universitarias, que todo está bien, que la escuela siempre los va a recordar y que ellos también recordarán la escuela.

Es junio y tengo que aprender a vivir sin los federicos que me ayudan a clasificar los libros. No, miento de punta a punta. Siempre hay federicos y arieles, siempre. Pero mi mente se queda confusa cuando entra a la biblioteca y de entrada no lo reconozco porque tiene el pelo corto y lleva un pantalón azul con un par de rayas amarillas a la altura de la botamanga y una casaca verde con la inscripción “Manliba”.
-Hola profe, ¿se acuerda de mí? Se saca la gorra y se acerca presurosamente hacia mi escritorio. Siento que ese instante dura una eternidad, no sé si darle la mano o me dará un beso, no termino de decidirme, es algo tarde, ha inclinado medio cuerpo sobre el escritorio y me ofrece su mejilla irregular, pinchuda y olorosa y me habla de corrido: ¿Qué tal profesora?, aquí estamos de visita. Me quedo mirando el infinito, no sé que hacer, cómo pararme, trato de mantener el equilibrio. Me acerco al armario “A” tercer estante y miro por la vitrina, apenas puedo mirar porque mis ojos están nublados o serán las cosas que se han nublado. Puedo ver los sueños atrapados en la vitrina “A” estante 3.
-¿Cómo anda todo? – intento preguntar mientras me doy tiempo para recomponer imágenes y estacionarme en la realidad.
-Aquí estamos, trabajando.
-Qué bien, ¿y tu familia?
-Mi mamá se volvió a Tucumán con mi hermanito. ¿Se enteró lo de Ariel profe?
Recorre mi mente un segundo de desesperación, de desconcierto. Ya va a ser un año, a ver, si casi un año. Nuevamente pierdo el equilibrio, un instante en el que no puedo soportar mi propio peso, se me han movido de lugar las cosas, incluso Federico se ha descompuesto en dos imágenes borrosas. Trabajaba en una pizzería como repartidor –intenta explicar y su mirada persigue la configuración de las baldosas. Estacionó la moto y vino un tipo y le metió una cuchillada en el estómago. La figura de Federico se ha vuelto borrosa, ahora, de pies a cabeza. Una inclinación desmesurada parte el aula en dos mitades como si hubiera un horizonte y más abajo un foso lleno de inmundicias.
Sin recobrar fuerzas sostengo el peso de mi cuerpo contra el mesón, me lastimo los dedos y la palma de la mano se aferra a la superficie para no desfallecer. Vuelvo al armario “A”, quisiera estrellar la mano contra la vitrina y hacer añicos lo que guarda tan prolijamente. A través del vidrio veo las guías, ahora hay unos cuantos ejemplares de reciente edición ubicadas en el estante número tres: carreras cortas, de informática, universitarias, públicas y privadas, el ingreso al CBC, y me quedo mirando un punto, un punto inexistente sin ubicación en el espacio. Siento el alma despellejarse, un dolor en el pecho que no se parece a nada me paraliza y tengo miedo de no poder salir de esa situación, debo retomar la conversación.
Exhausta, loca, como carente de sentidos permanezco en esa posición mientras la imagen de cientos de pibes recorren mi mente: mochilas sucias con inscripciones en rojo y negro, carpetas manchadas, libros despedazados, pelos mojados en la canilla del patio, en pleno invierno chorreando agua, agua fría deslizándose por el cuello, por la cara, gotas frías que se van por la puerta montadas en una bicicleta robada, cuerpos impregnados con los olores turbios de las piezas donde duermen ocho sobre tres colchones descascarados, la naranja explotada y pisada en la mitad del patio, peleas en la esquina hasta romperse la cara, putas adolescentes con el guardapolvo enrollado y el cigarrillo en la boca antes de llegar a la parada, orejas, narices y párpados perforados.
Puedo ver a Romina, de cuarto, con su pollera de picos irregulares y sus collares enrollados que le llegan hasta el ombligo. Alcanzo a percibir el sufrimiento de Fermina, de segundo tercera, viene de ver a su hermano alojado en Ezeiza desde hace unos meses. Lo sé porque al ingresar a la biblioteca la encuentro sentada en un banco frente al pizarrón vacío, llorando en silencio. La dejo, apenas respiro, abro los armarios tratando de hacer el menor ruido posible. Veo el rostro de José Chauque despidiéndose con lágrimas en los ojos y las manos nerviosas. Tenía la esperanza de jugar en Boca, pero su madre lo llevó nuevamente a Jujuy porque aquí la pobreza era imposible de sostener y José no estudiaba.
Todo eso pasa por mi mente en el segundo que Federico se despide y traspasa la puerta mientras se acomoda la gorra y con un “chau profe, nos vemos” me deja en estado de sitio el resto de la tarde. Permanezco unos minutos en la misma posición, una mano levantada ensayando un saludo, la sonrisa a medias, las rodillas intentando sostener el espasmo. De pronto escucho el picaporte y algo o alguien me sobresalta. No esperaba el día de hoy más visitantes ni dolores que agregar, pero apenas son las cinco de la tarde y falta como media hora para que toque el timbre.
-Permiso profe.
-Pasá, pasá, -le digo mientras busco desesperadamente un pañuelo que se ha corrido de lugar-, se me hizo un poco tarde para guardar los libros. ¡Mirá cómo está el mesón!
-¿Quiere que le ayude?
-¿Estás en clase?
-No, tuvimos la primera hora con Pagani y después dos módulos libres, ahora en la séptima tenemos lengua ¡qué garrón!
-¿No les pudieron adelantar la hora?
-No sé, no se podía… Uy profe ¿tienen la Guía del Estudiante? ¡qué bueno! Me la puedo llevar a mi casa, mañana se la traigo sin falta.

Son las seis menos veinte. Cruzo el Parque Lezama y todo está nublado. No sé si es el aire, si es la tarde o si son mis ojos. Nunca lo sabré.

 

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