A mis compañeras del Quinquela

El día del niño cae el 10 de agosto. Las maestras del jardín han decidido confeccionar una bufanda para obsequiar a los chicos. Es un bonito regalo, además lo hacen las maestras, con sus propias manos, vale la pena, el chico se lleva un recuerdo imborrable, es  algo relativamente económico y además es útil, eso sobre todo, útil para los días de frío. Es fácil de hacer, se cortan paños de quince centímetros de ancho por un metro, más o menos, de diferentes colores y después se les hacen unos flequitos, quedan re lindas y sobre todo es algo útil, económico, ¿qué más se puede pedir?
Nada –pienso. Nada. Pensar otra cosa sería poco menos que quedar desterrada del planeta de los moños.

La tela ya está comprada. Es un paño suave y acogedor, lo toco, lo acaricio, me gusta. En la pila sobresalen los colores, uno más lindo que otro, verde, anaranjado, azul, amarillo, turquesa. Una verdadera belleza. Ahora a tomar bien las medidas para aprovechar lo más posible la tela, hay que calcular el largo, el ancho, la distancia del punto hacia el vértice. Ya cortadas las bufandas prosigue la etapa del emparejado. La falta de una tijera adecuada hace que los bordes queden sinuosos y dentados como accidentes geográficos.
Horas lleva el emparejado, pero por suerte se ha comenzado la tarea con suficiente tiempo, tres semanas antes, cosa que no se nos venga encima la fecha y después queden cosas para hacer a último momento.
Hay que tener en cuenta que tenemos que confeccionar y pegar las tarjetitas en los cuadernos de comunicaciones, algo sencillo, con una frase o alguna poesía cortita sobre el niño, incluso puede ser alguna que saquemos de la revista Jardincito, que son re lindas y re prácticas.
También hay que recortar otras tarjetas que acompañarán el paquetito, con el nombre de cada uno, pero esto no requiere el más mínimo trabajo y facilita el momento de la entrega. Además cada bufanda hay que envolverla, por suerte tenemos bastante papel afiche de color así que por eso no habría problema, eso sí, moño no le ponemos, lo dejamos así, igual con la tarjeta queda paquete, aunque hay varias que se salen de la vaina por ponerle un moño, aunque sea chiquito, le da otra terminación.
Pero por ahora tenemos nada más que los paños cortados. Miro las pilas clasificadas por color, son realmente hermosas, yo si tuviera que elegir no sabría con cuál quedarme. Me gustan todas. Trato de emparejar los bordes pero la tijera se me va para todos lados, hago un esfuerzo para apuntar la vista siguiendo una línea recta y de esa manera poder cortar lo más derecho posible. Son exactamente veinticinco bufandas, pero voy despacio, confiada, hay tiempo, después nos quedan los flecos que eso sí se corta en un periquete, total es una pavada, como dice mi compañera de sala que le encantan las manualidades.
Antes de empezar a cortar los flecos hice previamente un ensayo sobre otra tela y verificar el largo de los mismos. Me inundó el silencio, un momento de estupor, sentí esa sensación de precipicio que suele atormentarme cuando se me juntan varios problemas a la vez. Considerado el largo del fleco, habría que tener en cuenta el ancho del mismo, la distancia entre uno y otro. Algunas maestras se decidieron por los flecos más cortos y más anchos, exactamente siete en cada extremo de las bufandas con un ancho aproximado de dos o tres centímetros cada uno. Elegí el borde de una mesa y empuñé la tijera con garbo tratando de que el corte fuera de un tirón y evitar de esa manera el posterior emparejado de los flecos.
Ubiqué las bufandas formando pilas de diferentes colores y mientras me comía una galletita en forma de arandela, de un lado rosa, del otro marrón, me senté a disfrutar del trabajo terminado. Realmente estaban hermosas. Al fin y al acabo no había sido para tanto. Saqué de la bolsa otra galletita, me percaté que esta vez el azucarado de la arandela fuera blanco, después tomé otra con ventanitas de dulce, que entre paréntesis nunca me gustaron,  menos aún las negras que parecen una tetita, duras, pastosas al morder, que tienen en la punta una bolita de algo seco que simula dulce, esas que quedan al fondo y nadie las quiere.
Embebida en mis pensamientos, absorta en la pila de los amarillos, no escuché al grupo que subía alborotado las escaleras trayendo la buena nueva. Agregarían una carita en el borde de la bufanda, para que quede más lindo.
Si no queda como muy pelada –agregó una de las maestras. Y se comió la última arandela rosada que quedaba.
Sacaron de una bolsa los vellones y empezaron a cortar unos cuadrados de lienzo. Era sencillo. En realidad lo único que había que hacer era envolver el vellón con el retazo, tratando que quede una forma redonda, lo más similar a una carita, rematando el paquetito con un alfiler en la parte posterior, después darle unas puntaditas para que quede más firme.
Mis dedos se debatían entre el vellón y la tela hasta sujetar las puntas y cuando por fin lo lograba algo se dislocaba y la pretendida forma circular se transformaba en un polígono de picos irregulares que me obligaba a rehacer el trabajo. Logradas las tres o cuatro primeras caritas mis manos tomaron confianza y mis compañeras me alentaban para continuar. Así, luchando con las puntas y las hebras que se descarriaban cuando intentaba colocar el alfiler, logré, después de tres días, finalizar el número de caritas que me correspondía de acuerdo a la justa distribución de la tarea. Tan solo me quedaba dar un par de puntadas en la parte posterior para poder retirar el alfiler sin temor a que se deformara. Estiré las piernas observando con aire triunfal las caritas de lienzo que ubiqué sobre la mesa a modo de trofeo.
Ahora solamente quedaba agregarle el cabello. Cortamos tiritas con los retazos del paño cuidando de combinar los colores del pelo con el de la bufanda. Unimos las tiritas con una puntada en el medio y las enrulamos estirando la fibra con cuidado pues tendía a deshacerse entre los dedos. Las de las nenas tendrían colitas y el pelo más largo. Las de los varones un corte parejo sin ningún detalle adicional y ya prácticamente estaba todo listo.
Nadie me había dicho que la carita llevaría también su propia bufanda, pequeño detalle que me costó aceptar el resto de la semana. Se cortaron otras tiras de color, tratando ahora de combinar el de las bufandas, con el color del pelo y el de las colitas. Esta vez mis dedos ofuscados se debatían con los recortes tratando de lograr la prolijidad que las circunstancias requerían. Me fue imposible concretar el nudo de la bufanda, mis dedos torpes y esa maldita costumbre de cuestionar constantemente la realidad transformaban el intento en una especie de barrera entre la propuesta en marcha y mis más genuinas convicciones.
Mi compañera de sala que me observaba con lástima acudió en mi ayuda. Andá nomás –me dijo en tono comprensivo- andá tranquila a atender a los chicos, yo me encargo de terminar las caritas. Faltaba hacerle los ojitos, la nariz y la boca con un marcador indeleble y nada más.
Era una pavada. Una verdadera pavada.

 

One Response to LA BUFANDA – De la Serie Relatos Educativos

  1. Claudia Fusco dice:

    Grace: cómo me reí, si era una pavada, pero había que tener “encanto”, para poder realizar la tarea.
    Qué bueno que superamos la propuesta a pesar de las dificultades. Adonde andarán esas bufandas, hoy?
    Realmente habrán abrigado a algún niño? Ojalá que sí tanto amor no debe haber sido en vano.

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