Mi vida en Humahuaca

Los jóvenes de aquella época (principios de los setenta) soñábamos con abandonar la ciudad y estacionarnos en algún lugar junto a la naturaleza. Cuando dejé la comunidad no dudé en tomar un tren que me llevó directamente a Humahuaca. ¡Qué bello! aún existían los trenes y las estaciones con su campana, la virgen protectora y la sala de espera.

Allí empecé a trabajar en una escuela rural. Más adelante, construí mi casa, me casé con un hombre del lugar, Ricardo Vilca (músico y compositor), nacieron Gabriel y Hernán.

Vivir en Humahuaca fue y seguirá siendo el eje que guía mi existencia, el hilo conductor por donde pasan los recuerdos, las realizaciones, las nuevas experiencias, la vida familiar, los afectos, lo que motiva mis escritos, la letra de mis canciones, consecuentes conjeturas, enojos y dilemas que guían mis búsquedas interminables.

Cuando llegué a Humahuaca era todo destello y fascinación, estaba deslumbrada por todo lo que veía y pasaba a mi alrededor, como habitualmente le sucede a quienes visitan el lugar. A medida que pasaron los años, las circunstancias hicieron que me internara en las profundidades de una cultura que fue necesario conocer y transitar desde adentro para poder incluirme en su cotidianeidad.

Es necesario tener en cuenta el contexto. Por aquellos años no había mucha gente de Buenos Aires pululando en el norte del país, para los lugareños yo era como un ser de otro planeta. Tengamos en cuenta que la mayoría de los que se fueron buscando la paz de la naturaleza rumbearon “pal sur” y anclaron en El Bolsón, lugar que no demandaba tanto compromiso cultural como Humahuaca.

La cantidad de habitantes en cada pueblo de la Quebrada era reducido. Pasado el mediodía y los bocinazos de un micro convocando a algún turista descarriado, todo quedaba en total silencio y desolación. No había tele, ni teléfono, la radio se escuchaba entre descargas eléctricas, la luz se cortaba a las diez de la noche y los caminos se borraban cuando la lluvia inundaba los veranos. En cambio el correo funcionaba a pleno, atendido por sus amables empleados, esperábamos ansiosos las cartas y contábamos las campanadas del edificio municipal que indicaban, cada sesenta minutos, la hora exacta del día y de la noche.

Más adelante, una crisis de convivencia me llevó a abandonar el lugar que tanto amaba, debí alejarme de la luz que encandilaba y no me permitía ver con claridad. También yo con mi cabello castaño y mi cultura aporteñada me sentía discriminada por la gente del lugar por más que trataba de adaptarme a las costumbres, al lenguaje, a su idiosincrasia. Pero en el camino del encuentro siempre son dos los que se buscan.

Unos años después, el regreso a Humahuaca (siempre hay un regreso) me permitió reencontrarme conmigo misma en el marco de la comunidad de pertenencia y más allá, mucho más allá de los límites de la región, en un continente que es eso justamente, un lugar que nos contiene y que espera mucho y todo de nosotros para que se sostenga en el tiempo, se consolide en su real dimensión.

La experiencia transitada me sitúa en el deseo y la necesidad de una patria inclusiva, con una mirada integradora, de respeto y comprensión hacia todos y cada uno de los seres que habitamos esta bendita tierra. Dejo a un lado los fundamentalismos, vengan del lado que vengan, propicio las juntadas, las mixturas, el esfuerzo que significa congeniar con el otro,  participo de la ventura de mirarnos a los ojos.

Destierro de mi cabeza los discursos estereotipados que repiten verdades falsas, incuestionables, que priorizan unas libertades sobre otras, que dictan los parámetros sobre lo que tengo que hacer. Sostengo que la identidad es un bien que se construye día a día, con todo lo que somos, vivimos, interactuamos y aprendemos. Estoy convencida que ahora más que nunca debemos aprender a convivir entre culturas diferentes, todos tenemos valores para trasmitir y multiplicar.

Lo supe con el tiempo: el camino en busca de la identidad no es para nada fácil, por el contrario, está plagado de desprolijidades, cuestionamientos, contradicciones, implica asumir compromisos, darse la cabeza contra la pared miles de veces, pasar por diversos estados: de amor, de bronca, de esperanza, en fin, de lucha constante. Fue un camino duro y complejo pero así también de profundos aprendizajes que me permitieron conocer y transitar la esencia de la tierra, madre tierra que habitamos

Un camino que nos lleva a mirarnos en el espejo del otro para descubrir quiénes somos, de dónde venimos y hacia donde vamos.

 

 

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