Tengo un molle humedecido
pegado a los ojos
la lluvia ha corregido
tierra y esperanza
tengo preguntas que no miro
tardes que rondan el asombro.

Vuelo amarrada a mi casa incorregible
trajinados días de ropas descarriadas
esperando el jabón y el sol más ancho.
Vuelo amarrada al olor del maíz sobre el brasero
el lustre pegajoso de una olla
con la forma de un locro largamente cocido.

Porque me gusta barrer el recorrido del día
ablandar la pala contra el suelo terco
sentirme suelo y sentirme patio
estacionar en mi pena la pena de los otros
porque me gusta convidar con sopa
encaramarme a unos choclos en mitad de la tarde
cantar despacito improvisando en el aire
locuras de estación
perseguir el juego de los changos
jinetes en el polvo rastrojo al cielo.
Porque me gusta sentarme en las mañanas
con un plato de palo
y el fresco de las habas rozándome las manos
andar con mis comadres
enredando secretos de yuyos perfumados
conversando tristezas
orilla a orilla de los cueros.

Porque me gusta caminar la lluvia
arrestada al olor mojado de la tierra
escarbar historias de coqueros viejos
saumando la cocina
moler el ají piedra con piedra
levantarme al alba
pensar en los trenes que quiebran la neblina.

Un cosquilleo en la piel, irremediable
agresivamente dulzón y bagualero
se me acurruca vestido cada noche
entre las fibras teñidas de la lana
y el parejo cajear de las vecinas
arrancándole mañas a las sombras.

Hca./1985

 

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