TRANCA BALANCA

“Poemas, coplas y relatos para los niños de mi tierra”

Ediciones Ciccus

Ilustraciones: Omar Gasparini

 

PRÓLOGO

Graciela Volodarski llegó a Humahuaca a los veintitrés años con su bagaje cultural y su poemario, “Más Allá del Silencio”, dedicado precisamente a esa tierra soñada que idealizó antes de conocer. Fue la primera maestra jardinera con título habilitante que ejerció su especialidad en esa zona. El contacto con los niños le facilitó conocer el ambiente. Ella no sería allí una docente de tránsito. Buscó desde un comienzo ser una humahuaqueña total. Tenía la intención de convivir con la gente como una lugareña más, aprehender sus gestos cotidianos, desatar el misterio de sus ritos y meterse en el escenario de sus fiestas.

Con gran esfuerzo y mucho empeño levantó su casa de adobe, aprendió a cocinar los manjares regionales en el braserito de hierro, de tanto transitar el sol tomó su piel el tostado cobre de la gente de la Quebrada.

 Así nacen los poemas, las coplas, los relatos de este libro, amalgama del amor y del conocimiento, del hábito de convivir e interpretar los rasgos, el sentir, las luchas y los miedos de una comunidad que supo descubrir y describir: Esperancita, los pastores, los juegos, las fiestas, los duendes, las coplas y cantares, todas las imágenes que el caleidoscopio del alma reproduce indefinidamente.

Me invade honda satisfacción al entregar este prólogo a los lectores que deseen extraer de la temática de este libro todo el candor y sencillez con que fue escrito. Graciela fue mi amiga, mi colega, mi colaboradora en la Escuela Normal Regional de Humahuaca donde compartimos proyectos e ideales.

“Tranca Balanca” es, por todo lo que significa, una pequeña grande obra de generoso y profundo sentido humano, escrito por una maestra poeta que se mimetizó con el ambiente de una región para vibrar con su ritmo, sus matices, sus latidos, haciéndolos suyos.

Hairenik Eliazarián de Aramayo

Docente, historiadora, escritora humahuaqueña.

Fue declarada “Ciudadana Ilustre” por el Gobierno Municipal de Humahuaca por su amplia labor educativa,

literaria y cultural

 

 

 

Transcripción de un texto incluido en el libro.

Temario de un maestro

El frío de la mañana parte en dos el campo imperturbable. El cielo tan bello, tan azul, parece un corazón abierto sobre la tierra. La escuela de San Roque tiembla el invierno pegado a las paredes. Todavía es temprano. A pesar del frío se está mejor afuera, en algún rincón donde el sol no tenga escapatoria.

Espero. Miro lejos, donde se bifurcan los cerros y se pierde el río comiéndose las piedras. El patio se va llenando de voces, de corridas, de expectativas por el día que comienza y sigo allí, en el sitio abrigado, con los ojos disimuladamente bajos, esperando.

De pronto la veo venir y me quedo mirando el reflejo del sol en su cuerpecito algo dislocado pero firme. Adelante,  Félix camina despreocupado esquivando piedras y charcos con las zapatillas húmedas. No puedo enseñarle que espere a su hermana y la cuide hasta llegar a la escuela.

Esperanza tiene un delantal blanco cosido por su mamá con una bolsa de azúcar vieja y deshilachada. Es hermosa, la amo. La amo por todo lo que es, por todo lo que tiene, por la cantidad de cosas que trasmiten sus ojos, su expresión tímida pero siempre alegre, sus mediecitas desinfladas, su pollera roja hasta las rodillas, su pelo renegro acostumbrado al viento, a las más agudas terquedades de la Quebrada.

Trae una bolsita de color blanco amarillento que zarandea de un lado a otro, a la par que camina sin importarle el pedazo de pan duro y seco que lleva adentro para acompañar el mate  calentito y reconfortante de la mañana.

Sus manos deshechas me duelen y me alarman. Le paso glicerina con limón pero parece que nada puede sanar esas grietas cada vez más profundas. Cuando al mediodía nos vamos todos a lavar las manos para almorzar, ella se aleja del fuentón y sé que no quiere lavarse para no lastimar aún más su piel. La dejo, miro hacia otro lado y pienso: pobrecita.

A veces para darme el gusto, un gusto que no quiero, sumerge con precaución sus manos en el agua y me sonríe: – ¿Has visto señorita? Aunque duela me las lavo igual.

Esperanza Vargas, Esperancita. Allí se queda parada, encogida sobre sí misma, comiéndose de a uno el “ tostao” recién hecho, retorciendo la bolsita entre los dedos, mirándome con esa expresión que es todo su lenguaje, ofreciendo su tremendo silencio sobre la reiterada voz de la campana.

Humahuaca (1976).

 

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