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Más Allá del Silencio (1975)
Ismael B. Colombo Editor
Ilustración de Tapa: Luis María Valdez

“a Humahuaca
costra indígena
vibrando más allá
del silencio”

 

Referencias: algunos de los poemas de este libro fueron escritos estando en la Comunidad Arco Iris y otros ya después de mi primer viaje al Norte Argentino. Una necesidad de hacer la revolución desde adentro, de jugarme la vida por mis sueños y convicciones.

 

después de Arco Iris…

una prosa incluida en Más Allá del Silencio

 

Partió el tren y me alejé en un riel de cansancio que arrastraba el polvo y el hartazgo de manos frías y ojos secos. Me hallé serpenteando los caminos angostos y los hombros de los puentes oscuros y ligeros.

El aire frío y la tirantez de los rostros reflejaban las recientes despedidas y los escasos minutos de monótono ajetreo.

Sentí correr por mis venas la duda tentadora, la vacilación lógica hacia aquella aventura de límites desconocidos.

Cada vez más rápido los postes se salteaban, asegurándome que sería imposible descender sino hasta llegar a destino. Guardé el húmedo pañuelo que aún apretujaba entre mis dedos temblorosos, me deslicé en el asiento echando la cabeza hacia atrás y lancé la mirada infinita hacia el cielo desparejo.

Empalidecieron el ocaso mis ojos afiebrados y profundos y pronto comprendí que aquella cicatriz desleal a la natural fortaleza que me envolvía era real, dolorosa y revestía mi alma con un fragor insospechado.

Se vislumbraban los indicios de los pueblos perdidos y olvidados, la sombra de los arbustos resecos desafiando la veloz proximidad de la noche. Me resultaba imposible desterrar la mirada de aquella ventana tendida al silencio del grana incomparable, doblegando la insistente oscuridad.

Se entremezclaban los recuerdos de los días desgastados por el aliento amargo y los pálidos domingos dormidos en la piel.

Añoré los besos y los libros de nuestras veladas caseras, el diálogo tibio, los cálidos rincones, las caminatas nocturnas, el mate acercaba la voz y el pensamiento. Sus ojos de ciervo llenando los marcos de mis cuadros internos, esa adolescente incertidumbre que abre a la vida con ansiosa expectativa, las noches de costura compartida junto al fuego, las poesías dedicadas a la luz de la luna. Todo ese caudal de vida fértil, cultivado con ardor por las manos agrietadas y la frente grave, indolentes ante el peligro y el cansancio, se me hacía entonces tan lejano, tan real como las estrellas que surgieron cuando la tarde bostezó los últimos pájaros perdidos.

A pesar de todo sabía que mi deber no era morir sino vivir dando. Por eso aquel tren, aquel frío en la sangre y aquella oscuridad que avanzaba velozmente a la par de mi ventana.

Pensé entonces en los cerros entregados a la intemperie sin salvedad alguna, en los ranchos atosigados de pobreza, en los niños apagados, en los hornos vacíos. Aquella noche, acariciando luna, sueños y desvelos, comprendí el lenguaje de las flores, los caminos ausentes que recobran  su luz por la mañana y la lágrima que se deja beber por la virilidad del océano.

Ese, mi primer e inolvidable viaje al Norte inundó mi vida de amor y me permitió recoger de la tierra el vigor de las raíces y el ansia de crecer a la altura del viento.

 

 

 

Dos de los poemas incluidos en el libro: Canto Norteño y Dónde las Gaviotas.

 

CANTO NORTEÑO

Me iré y me iré

rodeándote luna

espesando los montes

con mi canto.

 

Me iré y me iré

dime si estarás

donde me iré de noche

con un puente de sombras

entre tus ojos oscuros.

 

Yo me iré y volveré

con el alba cansada

apretando tunas

hasta sangrar tristezas

serpenteando quebradas

desterrando sueños.

 

Yo me iré y me iré

yéndome siempre.

 

 

DÓNDE LAS GAVIOTAS

Es mi propia sequedad la que envejece

sentencia de jugar esquinas,

palabras englobadas a un vacío concreto

el aire pedregoso murmurado

hasta alisar el corazón al olvido,

vagones de certeros puños anudados,

todo ese resero de mentiras

atado a la cadena de sueños perdurables.

Los poetas arrinconados en su propio

vapor de palabras renovadas,

los que pensamos hoy

un mañana de calcio tremebundo,

la impotencia de estar demasiado cerca,

hurtarle al camino una ilusión pesada,

pecado de verse en el espejo de un río

sin pensar en los que sufren

por mi caída crucial de un funesto lunes,

la tapa manchada del libro que releo

para acercarme al vuelo,

la gaviota que se va, y ¿dónde?

los viejos de la plaza que mueren en la siesta

cuando vuelco en la pluma mis veintidós

reveses de a cuestas y dónde, dónde las gaviotas?

He perdido el derecho de nombrarlas

porque no conozco el cielo de Vietnam brumoso

de un hijo que batió sus huesos sobre su madre

enterrada mitad tierra,

porque no vivo tantas cosas que aplastan

y revuelven mi América jugada,

escuela de Abra Pampa con paredes de Norte

empecinado

vestirte simplemente?

¡Y con eso qué!

¿Acaso la conciencia de sentirme limpia?

¿Acaso lavaré mis manos con un poco

de cemento que te escupan?

Soy esto que me han hecho

toda mi piel infectada

y la sangre que no alcanza para sentirme vivo.

Dónde mis hermanos, el pájaro que nace en la

garganta,

la dimensión que soporta mi júbilo cruel

mientras otros apartan las rodillas,

mi propia culpa de no poder decir ¡confía en mí!

porque tampoco hoy estoy libre de amargura.

 

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